Monasterio Namo Buddha

 2 de septiembre 2025 – 5:00 p.m.

Int. Hab. Monasterio Namo Buddha, en lo alto de las montañas del Himalaya, Nepal.

Ayer llegué al monasterio. Mi amigo y socio Prakash me organizó todo, incluso me envió con su chofer y uno de sus autos último modelo. Me ha consentido como nunca. Me hospedó en su hotel, me dio una suite enorme, con sala, terraza con mesitas y sillas y vista a la calle y no me ha querido cobrar ni la lavandería.

Ha sido una verdadera bendición tenerlo en mi vida. Todos los días me decía que si necesitaba algo, por favor, se lo dijera. El día que quise ir a hacer kora en la Stupa de Boudhanath, volvió a enviarme a su chofer para que me llevara, esperara y luego me acompañara a donde yo quisiera.

Una bendición del cielo, parecido a lo que me sucedió hace once años, cuando vine a Nepal por primera vez, pero de forma distinta. 

El trayecto hasta el monasterio es un poco caótico. Hay que cruzar varios pueblitos y carreteras en construcción. El viaje dura aproximadamente dos horas, pero el paisaje lo vale: rodeado de montañas y terrazas de arrozales. Al final, el camino se convierte en una vereda serpenteante que sube lentamente hasta llegar a lo alto de la montaña.

Cuando llegué, entré primero a la oficina del antiguo edificio de huéspedes. Luego me informaron que me hospedarían en el edificio nuevo. El monasterio es como un laberinto: lleno de edificios conectados por escaleras que suben y bajan entre árboles y senderos. Me indicaron que tenía que cruzar todo el complejo, incluso pasar por el salón principal. Mientras caminaba, el monje Norbu me gritó desde abajo (yo estaba en una terraza) y me guió hasta el edificio donde me hospedaré.

Muy amablemente me ayudó con mi maleta, que aunque pequeña, era pesada, le dije que le agradecía enormemente su ayuda. Él solo me sonrió y dijo: “My pleasure.”

Mi habitación es la 305. Está alfombrada, tiene dos camas cómodas, baño privado con agua caliente, escritorio, buró… y también hay internet. ¡Perfecta!

Mi ventana da a las montañas. Lo primero que hice fue mover la silla del escritorio hacia la ventana y quedarme contemplando. Sin más. De pronto aparecieron dos arcoíris. Al principio eran tenues, pero poco a poco uno se fue volviendo más nítido, hasta que se tornó en colores sumamente fuertes y nítidos, creo que nunca antes había visto un arcoíris tan nítido. El color violeta y morado los podía percibir perfectamente. Lo tomé como el mensaje de bienvenida del cielo para mi. 

El cielo cambia todo el tiempo. Las nubes van adoptando nuevas formas constantemente. Basta con distraerse un momento para notar que ya todo ha cambiado.

A las 6:00 p.m. es la hora de la cena, pero solo comen los niños monjes. Los adolescentes y jóvenes, que rondan los veintitantos y más, no cenan.

El comedor es un cuarto de medianas dimensiones, rodeado con vitrinas de madera, que en su interior están cientos de budas dorados, todos iguales, como los que vi en muchos palacios en el Tibet, pero en versión moderna, iluminados con un fondo de color rojo brillante, aunque la madera es color obscura, se ve muy elegante, tiene bancos tipo plataforma de madera también oscura, parecidos a los del salón principal, pero sin adornos. Todos se sientan en flor de loto frente a pequeñas mesas-escritorios delgados y chaparritos, que son especiales para comer, leer y estudiar.  Me encanta comer así. Siempre que puedo me siento en flor de loto, incluso cuando tengo sillas. Me acomodo mejor. Aunque he notado que quienes no están acostumbrados sufren bastante de las rodillas.

La comida la sirven los niños. Me parecen adorables. Calculo que tienen entre 8 y 10 años. Lo mejor es verlos jugar, cuchichear, hacerse bromas y reír. Son niños, como en cualquier lugar, pero percibo que viven en un ambiente sano y divertido. Cuando llega la hora de rezar, gritan con todas sus fuerzas. Verlos orar y convivir me encanta. He notado que hay uno que molesta a otro, lo vi en los pasillos, y de nuevo lo vi en el comedor, le da golpes en la espalda, aunque luego ambos se ríen. 

También me tocó ver como dos estaban molestándose, uno golpeando al otro en los hombros, pensé que se molestaría y que le regresaría el golpe en algún momento, pero no fue así, al contrario, lo vio de lo más natural, y se río y al final los dos se rieron. Mi idea de que pudiera haber bulling incluso en el monasterio creo que se esfumó. 

Además de mí, hay otros huéspedes extranjeros. Conocí a una mujer de Israel con quien ya hice buena amistad. Resulta que ella también estuvo el año pasado en el Ashram de Amma recibiendo el Darshan en marzo. ¡Igual que yo! Cuando lo descubrimos, no lo podíamos creer. Ella vino por cinco días al monasterio y ya lleva dos semanas y media. Me temo que a mí me pasará lo mismo. Capaz que no me voy hasta que se me acabe la visa, que dura tres meses.

También conocí a una española, catalana. Una tipaza, como decimos en México. Se llama Carme Serra y tiene 45 años. Está haciendo workaway y solo se quedó un par de noches antes de regresar a su trabajo en Bhaktapur. Compartimos un té en una de las dos cafeterías del monasterio. Supongo que están ahí para quienes desean comer o tomar algo fuera del horario o del menú del monasterio.

🧠 Los Debates

Le pregunté al monje Norbu si hacían debates como los que vi en Tíbet, y me dijo que sí. Comienzan a las 8:00 p.m. en el estacionamiento del monasterio, bajo una lona. Al principio me pareció un lugar poco agraciado para algo tan simbólico, pero recordé que ellos no tienen apego. El juicio era mío, no de ellos. Mi mente aún poco entrenada fue la que encontró un “pero” en el sitio… jajaja.

Fuimos a presenciar los debates. Me parecieron interesantísimos. Los monjes se agrupan en pares. Uno se sienta en el piso sobre un cojín especial, y el otro permanece de pie. Debaten acaloradamente. Esta práctica tibetana milenaria se basa en preguntas y respuestas. Si estás muy apegado a tus ideas y no logras cambiar de parecer o evolucionar tu postura aplauden con la palma hacia arriba, en señal de que no estás avanzando, pero si finalmente tu mente empieza a cuestionarse y salir de tu posición mental el monje aplaude con la palma hacia abajo, que significa que estás bien, o avanzando, o transformando el pensamiento. Si la respuesta es correcta, se aplaude con la palma hacia arriba; si no, con la palma hacia abajo.

Algunos debates se tornan realmente intensos. Se les nota en el rostro, los gestos, los ademanes. Muero de curiosidad por saber de qué hablan… y también por participar.

Un monje se acercó a nosotras —éramos las únicas personas ajenas al monasterio observando desde unos escalones— y nos preguntó de dónde éramos. Le hice muchas preguntas. Me explicó que el debate consiste en una cadena lógica de preguntas y respuestas.

Ayer le pregunté a otro joven monje que estaba en la cafetería que qué opinaba de los debates, me dijo que no le gustaban, que lo estresan mucho, que el monje trata de ponerte tanta presión para que defiendas tu punto, tu posición o tu pensamiento para que aprendas a sentir la presión mental, pero también para que aprendas a responder sin reaccionar, sin apasionamientos. Después mi amiga Dian me explicó, que literalmente es un entrenamiento mental para que los monjes aprendan a razonar, defender sus puntos bajo mucha presión, y al mismo tiempo para no salir de loops mentales donde pelean por tener la razón, se trata de autocuestionarse todo el tiempo tus propias pensamientos y posiciones mentales.

Ayer el joven monje me puso el ejemplo de ¿ves esta botella de plástico? ¿Está vacía o no?  tomando en sus manos una botella de plástico que estaba vacía. Pero lo primero que pensé fue: no no está vacía, tiene aire. En fin… así el asunto. 

🌀 Mi Propio Debate

Entonces ocurrió lo que tanto deseaba: le dije al monje que quería saber cómo es un debate, y entonces me dijo; okay vamos a hacerlo y me preguntó:

—¿Por qué eres mujer? —me preguntó.

Yo, con mi típica lógica de terapeuta (un poco ingenua), respondí:

—Porque mi alma lo decidió antes de encarnar.

Él insistió:

—¿Y por qué?

Respondí con cosas sobre el plan de vida, vidas pasadas… hasta que me llevó a la gran pregunta:

—¿Qué es primero: el cuerpo o la mente?

Ahí sí acerté:

—La mente.

Entonces me dijo:

—Tu cuerpo de mujer viene de tu mente. ¿Por tanto, tu cuerpo es de mujer o qué es? ¿no es nada? Y ahí agradecí mis estudios del curso de milagros, porque respondí correctamente: Todo es mente. El cuerpo es una ilusión. Ser mujer también. Wow.

Después nos dio una cátedra estilo “monje tibetano”: conceptos simples, pero profundos. Eran ya las 10:30 p.m. cuando los demás monjes terminaron de debatir.

Me encantó la conversación, aunque estaba muy cansada. No me dio tiempo de escribir todo, pero sí grabé un audio para no olvidar los puntos clave que por supuesto quiero compartir con ustedes:

Enseñanzas del Monje

1.El mejor regalo que puedes dar es conocimiento.

Un suéter, un coche, una casa, una joya o lo que sea se pueden perder, romper u olvidar, y después causarán sufrimiento. En cambio el conocimiento no. Las ideas permanecen, esas jamás se pueden perder, luego entonces el mejor regalo que jamás perderán es el conocimiento.

2. No puedes saltar escalones.

Me puso el ejemplo de si quieres llegar a un piso más arriba, muchos quieren saltar escalones, sin darse cuenta de lo importante que es subir escalón por escalón. No se trata de avanzar más rápido, sino de hacerlo despacio, poco a poco, con conciencia. Si te brincas pasos, puedes lastimarte o caer pero no lo decía en sentido literal.

3. Los monjes también se enojan.

Le pregunté si los ellos vivían en paz, o si se enojaban, tenían conflictos entre ellos, como cualquier humano. Se rió y me dijo: —¡Claro! No somos Buda.

4. No aceptes lo que no te sirve.

Si alguien te da un regalo que no te gusta, ¿te lo pones?, obvio no, no lo aceptas. Entonces, ¿por qué cuando alguien te insulta o te dice algo malo lo haces tuyo?

5. Comparte solo lo que es útil.

—Si te duele la cabeza, ¿y te doy una pastilla para el estómago? —me dijo. ¿te va a ayudar en algo?, no verdad, era completamente inútil, ¿cierto?, si obvio; le contesté.

Entonces me dijo que el conocimiento debe ser como esa pastilla: específico, oportuno. No todo se debe compartir en todo momento. No todo el mundo está listo ni preparado para recibir el conocimiento que quieres compartirles. Le es inútil porque no están listos para deglutirlo, procesarlo, o integrarlo en su mente, en su psique ni en su ser.

6. Comparte lo que sabes. Siempre.

Aunque sea con una sola persona, esa persona lo compartirá con otra, y así se multiplicará. Nunca dejes de compartir lo que sabes. Este punto resonó profundamente en mí, porque muchas veces he sido criticada por parecer que busco ser “validada” o “reconocida” por lo que comparto, por querer sentirme vista o valiosa a través de mis viajes y lo que muestro de mí y de mi vida.

Sin embargo, nunca lo he hecho con la intención de volverme famosa, importante o destacar. Para nada. Incluso he llegado a cuestionarme si realmente tiene sentido seguir compartiendo. Y justo cuando más lo dudo, más señales recibo del universo que me reafirman que sí, que por supuesto debo seguir haciéndolo.

Hace muchos años, en una canalización con arcángeles, me dijeron: “Hazte responsable de lo que vives, porque tu vida no es solo tuya, es de todos. Viniste a enseñar con el ejemplo. No una vida ejemplar, sino una vida humana: llena de imperfecciones, luchas, victorias, dolores, pero, sobre todo, una vida inspirada.”

7. El uso de la mala.

Le pregunté por qué siempre tienen la mala en la mano. A lo que respondió:

—Porque le recuerda al cuerpo que la mente está divagando. La mala te ayuda a volver al presente.

WOOOOW.

Ahora sí lo entendí. Desde hoy llevaré mi mala todo el tiempo en la mano.

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